LA REVOLUCIÓN DE LOS RANDOMISTAS


Photo: Dominic Leggett

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Lo voy a decir sin rodeos: Esther Duflo es una crack. Sí, como Messi pero en chica y en economista. Hace unos meses tuve la suerte de poder entrevistarla en Boston. Me arrastró bajo la lluvia porque “quería un café de verdad”. Y allí, en un local lleno de universitarios del MIT pude hablar con alguien del deworming sin entrar en preámbulos y sin que pensara que era una pesada. (Sí, queridos amigos, reconoced que alguna vez os ha cruzado por la cabeza).

Duflo dedica su investigación a tratar de mejorar la vida de los más pobres a través de experimentos sociales, tal y como se resume en este perfil que escribí para El País Semanal. Para los que acaben de tropezar con su nombre es un buen comienzo. Como una hora da para mucho, aquí va una segunda parte de ese café con ella.

Primero aclaremos el título del post. A Duflo y a los economistas que investigan como ella se les llama así en la esfera económica. Es por su método: las pruebas aleatorias, en inglés se dice RCT = random controlled trials. Cuando empezaron hace unos veinte años no les tomaron muy en serio. Recibían críticas por todas partes. Las mismas que reciben hoy en día, asegura Duflo. Solo que ahora el tiempo les ha empezado a dar la razón. Después de años de plantear experimentos por todo el mundo, estos economistas están recogiendo los frutos de su esfuerzo. Los gobiernos les escuchan y se interesan por su método para averiguar qué es lo que realmente funciona.

Duflo sin embargo no inventó nada. Los RCT ya estaban ahí, solo que casi nadie los utilizaba para averiguar nada. El Banco Mundial empezó en 1974 de manera casi testimonial. Todo cambió radicalmente en la década de los noventa.

El impulso vino de México y del éxito de PROGRESA, el primer programa de transferencias directas de dinero. Santiago Levy, entonces ministro de economía, planteó ayudar directamente a las familias con menos recursos a cambio de que los niños fueran al colegio y acudieran a las revisiones médicas. Levy pensó que si demostraba la eficacia de la medida sería muy difícil que el siguiente ejecutivo la eliminara. Las limitaciones presupuestarias ayudaron: no había dinero para todos. Así que seleccionaron aleatoriamente el grupo de aldeas que iba a recibir las ayudas. La prueba piloto demostró que la escolaridad se disparaba, especialmente en las chicas, en comparación con los pueblos que no habían recibido dinero. “Hoy en día este programa sigue funcionando en México” relata Duflo. “Nosotros no tuvimos nada que ver pero es verdad que a raíz de esta idea otros países latinoamericanos empezaron a poner en práctica políticas parecidas con pruebas aleatorias para evaluar los resultados. Todo esto ocurría mientras nosotros estábamos empezando y el Banco Mundial se empezaba a tomar más en serio los experimentos aleatorios”.

– ¿Entonces se ha demostrado que las transferencias condicionadas de dinero funcionan?

– Es un poco irónico, pero no lo sé. En mi opinión creo que sería mucho más interesante plantearse ¿funcionaría igual de bien si se diera directamente el dinero? No es una locura pensar así, dar dinero sin imponer ninguna condición. Es una línea de investigación relativamente nueva y los resultados que tenemos son mixtos. Lo que sí está claro es que el dinero ayuda.

– ¿Pero eso no es evidente?

Muchos economistas dirán que empezar a ayudar así a la gente pobre les convertirá en unos vagos que no querrán trabajar. Así que muchas políticas gubernamentales no quieren dar dinero directamente. Pero no hay que olvidar que la pobreza implica algo más que no tener dinero. La gente con menos recursos también tiene menos acceso a la información. Puede plantearse un programa que no sea simplemente dar dinero.

Varios estudios en diferentes países han demostrado que la información es una poderosa arma, además de muy barata, para aumentar la escolaridad (sobre todo en secundaria). En muchos casos el problema es que los padres no valoran correctamente la educación y desconocen los retornos que puede generar para sus hijos en el futuro.

Duflo viaja frecuentemente a países en desarrollo para conocer de primera mano cómo viven las personas con menos recursos, por qué fallan los programas, cómo se podrían mejorar… Es como una economista mochilera. No tiene problemas en dormir en cualquier aldea perdida de la India o África. De pequeña fue scout, confiesa con timidez.

“Una de las cosas que he aprendido en los viajes es que estas personas no están obsesionadas con temas de supervivencia. Es verdad que nuestras vidas no tienen nada que ver, pero en el fondo la forma en la que ellos imaginan su futuro no es tan diferente a la nuestra”. Es un error, en su opinión, pensar que no hay nada que estudiar de la economía de los que precisamente no tienen apenas recursos. Todo lo contrario. Sus vidas están llenas de decisiones vitales sobre las que un habitante de un país rico no tiene ni que pensar: clorar o no el agua que beben, dormir o no debajo de la mosquitera, llevar o no a los niños al colegio…”

El famoso estudio del deworming en las escuelas (cuyos resultados se cuestionaron hace unos meses) lo plantearon sus colegas Michael Kremer y Edward Miguel en Kenia.

– ¿De dónde surge la inspiración a la hora de plantear un experimento así?

– No hay que ser un genio una vez has estado allí. La gente está enferma por esto todo el tiempo.

– ¿Son estas pruebas aleatorias más caras? ¿No se tarda demasiado tiempo en saber lo que funciona?

– No son más caras que otro tipo de evaluación y los experimentos duran lo que tarde en aplicarse un programa. Claro que requiere de tiempo, no quiero minimizar este punto, y también es verdad que hay muchas cuestiones que generan interés político sobre las que no tenemos respuestas todavía. Eso no quiere decir que no se tomen decisiones: hay que hacerlo con los datos de los que dispones. Con el tiempo se irán acumulando los resultados de los experimentos y las políticas se podrán reajustar.

Con este enfoque tan pragmático los randomistas que lidera Duflo han dejado de ser los economistas “raros” de la clase. Las pruebas aleatorias sirven para encontrar respuestas y luchar contra la pobreza. La administración de Obama aprobó con el apoyo de los dos partidos una oficina que analizará con este enfoque algunos programas públicos.  Hasta el propio Banco Mundial va ya por más de 200 experimentos y tiene un departamento exclusivamente para economistas randomistas. 

Y sí, lo admito: soy una pesada. Porque este no es mi último post sobre este tema…

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