PARA SER GRANDE, ¿HAY QUE COTIZAR EN BOLSA? - Economía en dos tardes

PARA SER GRANDE, ¿HAY QUE COTIZAR EN BOLSA?



De izquierdas o de derechas. De fútbol o de baloncesto. De carne o de pescado. Matrimonio o pareja de hecho. Cotizada o no cotizada.

La mayoría de las empresas (por no decir todas) empiezan siempre por un negocio pequeño, modesto, muchas veces familiar, que poco a poco gana tamaño. Hay algunas que llegan a romper moldes y se convierten en auténticos gigantes de su sector. Y a todas les llega el momento de hacer frente a este dilema: cotizar o no cotizar en bolsa. ¿Vendo el negocio y me dedico a vivir de rentas? ¿Vendo solo una parte y sigo controlando mi empresa? ¿No vendo nada y sigo como estoy?

No hay una respuesta correcta a estas cuestiones y la realidad nos demuestra que son muchas las versiones de empresa grande que puede funcionar en un mundo globalizado. Empecemos con un ejemplo muy bueno y muy cercano:

Centro logístico INDITEX

Inditex. Sí, la empresa dueña de Zara, Pull and Bear, Massimo Dutti, Berska… El imperio textil de un señor gallego que se llama Amancio Ortega. Tuvo unos orígenes muy humildes en una pequeña empresa de confección que al cabo de los años, en 1975, terminó abriendo su primera tienda de Zara en A Coruña. El resto es una historia de éxito y expansión por España primero y  por el extranjero después. La empresa era una cosa familiar. Es decir, las acciones del negocio estaban en manos del señor Amancio. Hasta que el 23 de mayo de 2001 sale a bolsa. Eso quiere decir que se ofertaron acciones de Inditex a todo aquel inversor que quisiera tener una pequeña parte de la empresa. Unos señores muy serios establecieron cuánto valía todo Inditex. Y el señor Amancio dijo: “Vale, pues vamos a vender una cuarta parte de la empresa. El resto se queda en la familia”. Y así es cómo salió la empresa a bolsa. La venta de ese paquete de acciones a los pequeños inversores y los bancos interesados supuso unos ingresos de casi 2.400 euros para el dueño de Zara (que además seguía siendo el dueño porque solo había vendido una parte del imperio).

¿Para qué quería el dinero si ya era rico? Pues uno de los factores que determina la salida a bolsa de una empresa es la internacionalización. Requiere de mucho dinero abrir una tienda, fábrica, banco… en el extranjero. Pero con 2.400 millones de euros frescos en la cartera el salto es más fácil.

Cotizar en bolsa te obliga a cumplir una serie de requerimientos. Es una forma de proteger al pequeño inversor que deposita sus ahorros en tu empresa. Tú manejas toda la información y el pobre inversor no. Para romper esa asimetría en la relación se imponen una serie de reglas. Por ejemplo: tienes que hacer públicas tus cuentas, tienen que estar auditadas, tienes que detallar lo que cobran tus directivos, tienes que informar si compras o vendes acciones porque no puedes utilizar información privilegiada… En conclusión: te obliga a dar explicaciones que antes no tenías que dar porque toda la empresa era tuya.

Otro ejemplo: El Corte Inglés. Surgió también como un negocio pequeño y  a diferencia de Inditex, no cotiza en bolsa. Las acciones están repartidas también entre un clan familiar que funciona como tal y tras la reciente muerte de Isidoro Álvarez ha elegido a su sucesor: el sobrino,  Dimas Gimeno. Ellos son los dueños y ellos ponen las reglas que para eso la empresa es suya.

El caso del banco Santander es bastante curioso. También era un pequeño banco familiar pero conforme fue creciendo y vendiendo acciones dejó de serlo. Aún así la saga Botín se ha mantenido al frente durante generaciones. El último relevo fue hace un mes y tras el fallecimiento del anterior presidente, Emilio Botín. La elegida fue su primogénita, Ana, que se hizo con el cargo a pesar de que la familia Botín controla solo un 2% del total de las acciones. Y eso es más raro, pero no es un caso único. En las automovilísticas Ford y Fiat, por ejemplo, siguen los herederos de los fundadores a pesar de que, como el banco Santander, cotizan en bolsa.

Si el negocio te va tan bien que te conviertes en un gigante en tu sector, ¿terminas convirtiéndote en una empresa cotizada? No necesariamente. Hay muchas grandes compañías que siguen en manos de una familia y no hay forma de que nadie compre alguna de sus acciones. ¿Y por qué? Pues porque en muchos casos los fundadores quieren mantener su esencia o no quieren dar explicaciones de nada, no quieren que un extraño tome decisiones que ellos no tomarían, quieren preservar su libertad… Eso no significa que la familia siga dirigiendo la empresa. Puede confiarle la gestión a un directivo pero no vender sus acciones. Si el ejecutivo no les gusta, pues buscan a otro. Aquí algunos ejemplos de gigantes familiares con diferentes modelos de gestión.

Os presentamos a la familia…. IKEA

La familia IKEA

Aquí su creador, el sueco Ingvar Kamprad con sus tres hijos. Creó lo que ahora es Ikea en 1943. Ingvar ya apuntaba maneras de comerciante y ya siendo adolescente empezó a ganar dinero vendiendo cerillas, cuenta la leyenda. Es todo un personaje con una visión clarísima de su negocio. Hoy la empresa tiene unas ventas anuales de 17. 000 millones. Es decir, cada día factura 46 millones de euros. Ingvar, después de toda una vida entregada a Ikea, dejó la compañía en 2013. Tenía ya más de ochenta años. Le pasó el testigo al pequeño de sus retoños, Mathias, porque dicen era con el que más se identificaba. También se cuenta que la decisión no sentó nada bien a los otros dos y tuvieron que sentarse a negociar. Los otros dos hermanos siguen también en la empresa. La empresa no cotiza en bolsa. Ni falta que le hace de momento. Con el dinero que genera puede ir financiando su expansión.

Otra familia del norte… LEGO

Familia Lego

En la foto el abuelo fundador, el hijo y el nieto. Los tres presidieron la compañía y les fue bastante bien. Hoy es una de las empresas de juguetes más grande del mundo. La historia de esta empresa es bastante entrañable. Al menos la versión oficial. Todo empezó con un carpintero danés que se quedó viudo y no tuvo más remedio que crear juguetes para que sus hijos no se aburrieran. El nombre de Lego es la abreviatura de dos palabras danesas  “leg godt” (cuyo significado es “jugar bien”). Todo fue muy bien hasta que a principios del nuevo siglo las cosas se torcieron. Estaba al frente el nieto, Kjeld Kirk Kristiansen. En 2004 Lego perdía 126 millón dólares. La empresa estaba a punto de ser engullida por alguna multinacional cuando el nieto decidió pasar la dirección a un joven ejecutivo de 36 años (Jorgen Vig Knudstorp), fan desde niño de Lego, y que a penas llevaba tres años trabajando en la empresa. El cambio funcionó: las ventas se enderezaron, los beneficios volvieron y hoy por hoy nieto y bisnieto Kristiansen se sientan en el consejo de administración de la compañía pero han delegado la gestión directiva a un ejecutivo de fuera de la familia. La empresa está valorada en unos 12.000 millones de euros.

La familia Mars (la de los chocolates/caramelos y otras muchas cosas) ha optado por la misma fórmula. Ellos controlan las acciones, vigilan de cerca las decisiones pero han delegado en un miembro ajeno a la familia para dirigir la empresa. De momento parece que también les funciona.

En España hay muchas empresas familiares. Generan el 17 por ciento del PIB (podéis consultar las cifras de cómo son en la página del Instituto de la Empresa Familiar. Y algunas no son precisamente pequeñitas. Ahí están Mercadona, Acciona, Mango, Inditex, Planeta, Ferrovial… Algunas de ellas cotizan en bolsa. Otras no. En todas ellas el fundador, o la familia, controlan la mayoría de las acciones.

Retomemos ahora una de las preguntas iniciales: ¿por qué decidiría una empresa salir a bolsa? Imaginemos que somos nosotros los inversores que vamos a comprar acciones. ¿Qué te daría más seguridad? ¿Comprar una participación de una empresa que está sometida a una serie de reglas y cuyas cuentas conoces perfectamente porque son públicas? ¿O las de otra empresa que parece que también tiene un gran futuro pero de la que no tienes tanta información?

Creo que la respuesta es clara. Y si tú lo tienes claro, imagínate un banco. Una de las claves de salir a bolsa es la financiación. Para una empresa cotizada es en general más fácil que le den un crédito que a otra que no lo está. La cuestión es si te hace falta ese dinero para seguir funcionando o lo puedes ir generando tú mismo con tus ventas. Cotizar también aporta cierto prestigio. Ayuda a dar a conocer tu marca, tu negocio. Pero quizá esa ventaja, visto el éxito de algunas empresas familiares, no es tan fundamental. Les va igual o mejor que a las que están en bolsa.

 

 

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