DAVOS O EL DÍA DE LA MARMOTA (A 1.300 KM DE DISTANCIA)


 
davos
(Antes de seguir leyendo,  una aclaración, sugerencia de una lectora amiga del blog. Este no es un post de análisis como los que solemos publicar. Es una ida de olla después de unos meses semi apartada de la profesión. Por eso, a diferencia de lo que solemos hacer, va firmado. En cuanto me centre un poco más, vuelvo al estilo habitual.)
 
Amanece en Davos y no es el día de la marmota, aunque a mí me lo pareza. Todos los años vemos cómo se hace de día en esta localidad suiza. Al menos el primer día de reuniones del World Economic Forum. Para la gente que va a esquiar sin embargo, Davos no es eso, sino un lugar donde esquiar y poco más. Una ciudad bonita ¿? (lo siento, solo puedo juzgar por las imágenes). Un sitio caro, me consta (no en primera persona sino en tercera persona del singular), durante esta semana del año. El “forfait” de Davos, un apartamento diminuto sin servicio de habitaciones, sale por 1.200 euros los cinco días (¿o eran 1.600?). Pura ley de oferta y demanda porque Davos es pequeñito. O eso parece desde las vistas que ofrece la estación de esquí. Pero Davos, el olimpo invernal elegido por las élites económicas mundiales para intercambiar opiniones (si es que difieren) no es tan glamouroso. Es que la nieve pisada en la calle sobre el asfalto siempre da una imagen de suciedad que roza la cutrez. Ese color marroncillo grisáceo, de no haber pasado ni una escoba ni un mocho desde hace siglos, no se puede evitar. Así son las ciudades donde nieva y transitan coches y gente y Davos, por muy llena de millonarios y poderosos, no es una excepción.  

Las calles se llenan de un goteo de visistantes, muchos de ellos inexpertos a todas luces en andar por este tipo de terreno. Se les detecta bien porque avanzan despacio ayudados por el peso de sus mochilas que, en este caso, les sirve para anclarse al suelo  muy pegaditos a las vallas de seguridad que bordean los recintos. Porque esa es otra: las vallas, en general y estas en particular (algunas recubiertas de plástico, my goodness), son feas y no ayudan nada a mejorar el tema del suelo sucio.  Concludión: Davos visto de cerca, a 1.300 kilómetros de distancia, es feo.  Lo mismo puede decirse de las intenciones de la mayoría de los asistentes (no de los que andan pegados a las vallas). Los cambios de tarjetas, saludos y “Thanks for having me” sirven para reforzar lazos entre los que tienen el dinero, y por lo tanto, el poder.

De lejos, con esas montañas nevadas y esos abetos parece el pueblo donde se crió Pedro, el amigo de Heidi (como bienintencionado parece el programa de Davos). De las chimeneas sale un humo blanco, que seguro que es de la leña y no de una instalación alimentada con gasoil… Me río porque pienso que el bueno del cámara de Reuters ha atado cabos también. Ha grabado un plano corto de la fumata blanca que escupen los edificios… para que pensemos en el Vaticano… Porque este año ha sucedido algo inaudito en Davos. La organización ha invitado al mismísimo Papa a inaugurar el encuentro. Sí, sí, al PA-PA de Roma. El bueno de Francisco I no ha podido atender a la reunión y ha mandado a un tal cardenal Tuckson (o eso entiendo yo que dice el que dirige el cotarro al presentarle) que es un cura negro vestido con traje gris, alzacuellos y sueter de pico de lana bajo la chaqueta. Que en Davos hace frío. Y este señor con aspecto de misionero humilde comienza a hablar de igualdad, de los más débiles, de la redistribución de la riqueza, los empleos, y de una “integración de los pobres que va mucho más alla de un sistema de bienestar”. Vale, lo hace a su manera: “El crecimiento de la igualdad requiere algo más que crecimiento económico… requiere, pare empezar, una visión trascendental de la persona porque sin una perspectiva de vida eterna se está negando el progreso humano en este mundo”.

Davos arranca este año hablando de desigual-DAD, que acaba como austeri-DAD (main theme de otros años) pero no tiene nada que ver aunque, reconozcámoslo, algún tipo de parentesco “causaefecto” tienen. Un tema del que ya nos hemos hecho eco en este blog y del que, por lo menos hasta hace más bien poco, no se hablaba mucho. No sé si es una sensación mía, pero en la competición entre el uso de austeridad y desigualdad en las noticias es posible que la segunda esté acortando distancias a  gran velocidad. Esta misma semana, hemos podido ver titulares como estos:”Las 20 personas más ricas en España poseen una fortuna similar a los ingresos del 20% de la población más pobre”, “Los 20 españoles más ricos igualan los ingresos de los 9 millones más pobres”.

Y podemos ver en nuestras propias carnes cómo esa desigualdad está poniendo en peligro los sistemas democráticos, incapaces de corregir esa creciente brecha, hasta ahora casi invisible para la mayoría de la población de los países desarrollados anestesiada y/o cegada y/o embaucada con el poder del dinero. Así que cuando veo al Papa en el programa de Davos para hablar de desigualdad, lo primero que me sale es un “Aleluya” y un “Gloria a Dios” (por lo bajini), aunque en el fondo no albergo esperanzas de que hablAR se traduzca en acutAR, que también acaba igual, pero esta vez no consigo establecer relación posible. La forma en la que se ha gestionado esta crisis impide al más optimista de los humanos que atienda a Davos o lo siga en diferido como yo, pensar que de repente algo va a cambiAR.

Y para saber verdaderamente de qué va Davos recomiendo la lectura de la entrevista con Andy Robinson, autor del libro “Un reportero en la montaña mágica” en Eldiario.es.

Rebeca Gimeno

Macroeconomía, Política




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